Chuck Norris: poséeme!

No tengo muchas pertenencias pero sí soy la orgullosa dueña de diversos miedos de origen indeterminado y de caracter ridículo o inoficioso. No es que me crea Chuck Norris, pero ninguno de esos miedos incluye a la muerte, en cambio sí incluyen dolor extremo o situaciones donde mi ser actual es cambiado ligera o radicalmente de manera permanente.

Las condiciones que me llevan a sentir este peligro hipotético pero inminente se repiten en la cotidianidad. No se extrañe si me ve un día detrás de un árbol como si estuviera jugando a las escondidas a mis 29 años, o si lo agarro por el brazo cuando nos encontramos en el banco y lo pongo al frente mío como escudo humano; ese comportamiento está ligado de cerca con la aparición repentina de los gorilas de los camiones de valores, sus caras furiosas, el revolver apuntando al cielo y la escopeta de balazas calibre 4800. No me imagino morir a mano de estos desalmados, pero me imagino que un espasmo lleva al del revolver a disparar al aire -todo lo que sube tiene que bajar- y con la suerte magnífica que tengo para ganar cualquier ruleta, la bala atraviesa mi pie dejándome anatómicamente apta para ser campeona del mundial de cumbia individual.

¿A alguien se le ha ocurrido por ejemplo hacer una guadañadora que funcione como procesador de alimentos? Es decir que la cubra un caparazón que contenga cualquier residuo cortado por las cuchillas para que no pueda ser propulsado a velocidad supersónica contra ninguno de mis órganos. A mí me dan muchas ganas de patentarlo porque debo verme como una desquiciada cuando corro con las manos en los ojos en dirección opuesta a la máquina infernal, huyendo del no fatídico destino de tener que combinar mi parche de ojo con el resto de la pinta como debe hacerlo Adriana Eslava cada mañana. Y lo que es peor, cuando esté en la *”intimidad” ¿me voy a dejar el parche como lo haría un pecuecudo con las medias? ¡Y acostúmbrese a ver en 2D!

El jueves pasado tuve varios miedos no habituales, me hicieron la primera cirugía en la vida -y yo que pensé que iba a morir invicta- con anestesia general y todo. La rinitis crónica la causaba un factor físico importante y mi nariz tenía que ser intervenida. El primero de mis miedos era precisamente que me fueran a cambiar la nariz, ese quedo disipado cuando me contaron de qué se trataba en realidad la operación, pero en medio de tantas explicaciones que da el médico para que uno firme el consentimiento informado y que ellos se puedan librar de cualquier infortunio en medio de la cirugía, más miedos fueron apareciendo, miedos de esos que me dan a mí. Y como ejercicio de sicólogo a medida que me iban nombrando los riesgos yo le ponía una imagen, lo primero que se me venía a la mente:

Daño cerebral – pañales. Daño en el músculo ocular – Alvaro Bayona. Perforación del tabique – tomo jugo y me sale por la nariz. Alergia a la anestesia – traqueotomía y Stephen Hawking.

Y así sucesivamente hasta que por fin me llamaron al quirófano, me despedí de mi mamá diciéndole que la amaba por última vez en caso de quedar en estado vegetativo. Me pusieron la via intravenosa, me conectaron los electrodos en el pecho, me acomodaron debajo de una cobija térmica y para poner fin al miedo que tenía de que me operaran de la cadera o de algún otro mal del que no era víctima, me pusieron una manilla que describía los procedimientos que me iban a realizar.

Todos listos, anestesiólogo senior y junior, enfermera jefe, instrumentadora, otra que no sé quien era, yo y mis miedos y ¿mi otorrinolaringóloga? Ni idea, yo no la había visto, y ellos menos. Estuve 45 minutos en la mesa de cirugía oyendo mi ritmo cardiaco, subir cuando pensaba en que ya casi y bajar cuando entraba alguien y decía que no la encontraban. Todos hablaban del rico almuerzo que habían tenido, yo por supuesto no comía desde el día anterior y ya eran las dos de la tarde. ¿Es que acaso no se daban cuenta que todavía no tenía anestesia? ¡Qué tortura hablar de filet mignon en presencia de alguien en estado de ayuno extremo!

La otorrino no apareció, me devolvieron a mi cubículo, estaba oficialmente en el limbo operatorio, así que la llamé a su consultorio a un número que claramente los de la clínica no tenían, me contestó su secretaria y cuando le dije quién era se angustió tanto que delató por completo el olvido de su jefe. Pero hey, quién soy yo para juzgar los mecanismos de defensa de la gente, si yo tuviera que abrir la nariz de alguien con una rinits como la mía deliberadamente también lo olvidaría.
Una vez avisada, se demoró una hora y media en llegar a la clínica y en ese momento el hambre pudo más que el miedo. Me acosté como lechona de año viejo, sin cuestionar y después de un abrir y cerrar de ojos literalmente me desperté feliz porque ya no tenía que tener miedo de que el paralizante hiciera efecto pero la anestesia no. Ya tenía mi nariz en su sitio y podía comer la respectiva paleta de postoperatorio.

La lista de miedos se redujo considerablemente con esta experiencia, y mientras me recupero en esta quietud desesperante el único miedito que tengo es el de publicar lo que estoy escribiendo. Hay otros que sé que los voy a tener toda la vida como el de temer que voy a quedar como el guazón por la cortada de papel que me hace el sobre en las comisuras de la boca cuando le paso la lengua para cerrarlo, ojalá en momentos como ese Chuck Norris me posea (como el exorsista, no como novela mexicana) y pueda darle una patada en los dientes al miedo que a veces es nuestro peor enemigo.

__________________________________
* la palabra “intimidad” es terrible en ese contexto, pero es la palabra perfecta para describir el video que me hago.

Publicado en Aventura ridícula, Daydreaming, Quejadera | Etiquetado , | 2 comentarios

De reducciones y otros abandonos…

Aquí estoy, vestida elegante como cada 31 de diciembre, no porque vaya a alguna fiesta de San Silvestre -de hecho voy a estar muy casera- sino porque siempre he tenido el agüero de vestirme especial para que el año que entra sea “de lujo”.

Y con 3 horas y 45 minutos para que se acabe el deadline que me puse (o que me puso la pereza, o la falta de inspiración o de tiempo) un deadline que le pone fin al abandono en el que tengo a este blog, el deadline del 2011, me dispongo a escribir algo que sí voy a publicar.

Podría dar miles de excusas a este abandono, pero no serían más que excusas. Como por ejemplo, en publicidad hay unos comerciales que se llaman reducciones: son versiones más cortas que reemplazan a la pieza original y cuya pauta vale menos; después de haber salido al aire con la original un par de veces, empiezan a pautar la reducción con mayor frecuencia y por un periodo más largo.

La analogía con el abandono es que después de haber puesto un gran empeño por hacer algo, al final por cualquier excusa uno termina haciendo una reducción de la versión original.

No soy de las personas que a las 12 de la noche de un día como hoy se propone dejar de hacer cosas, más bien con cada uva pienso en hacer más en vez de dejar de hacer. Por ejemplo quiero hacer un curso de carpintería, y espero que no se reduzca a un cursito de arte country.

Cada día pienso en las miles de cosas que quiero hacer, y la ansiedad y la impaciencia por hacerlas me poseen haciendo que periódicamente abandone algo en lo que estoy metida de cabeza. Como este blog, empecé escribiendo semanalmente, después cada quince días, después cada mes, y así hasta llegar al punto en que este post es el único del segundo semestre del 2011. Pero algunos abandonos conducen a reducciones interesantes. Tengo la teoría por ejemplo de que las reducciones en gastronomía existen porque a alguien en algún momento se le dió por abandonar una olla hasta el punto en que su contenido se redujo a algo concentrado y delicioso.

Así, como un delicioso accidente, espero que mis abandonos se conviertan en reducciones llenas de sustancia. Espero que el año 2012 alcance a hacer todo lo que me sueño y me imagino, hacerlo sin importar si funciona o no.

Igual tranquilos que si cualquiera de mis emprendimientos no funciona lo más seguro es que se me de la gana de contarlo en este blog, como catarsis propia, como divertimento para ustedes y eventualmente cuando pase el drama como divertimento para esta usual abandonadora!

¡Feliz año!

Publicado en Daydreaming, Poético patético | Etiquetado , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

Una princesa en el Sistema Educativo del Transporte Masivo…

Después de ser usuario del “sistema” de transporte público masivo de Bogotá – si a eso se le puede llamar sistema- durante cuatro mil ciento cincuenta y seis días (4.156), sin haber cambiado de ruta nunca (Destino Germania), he decidido cambiar la forma de transportarme.

Sí, en esos miles de días adquirí conocimientos que sólo ofrece el “Sistema Educativo del Transporte Masivo”. La más intensiva fue la clase de historia, en dónde la guerra más estudiada es la Guerra del Centavo, la cual tuve que padecer en carne propia: para los que nunca han sido parte del “sistema”, esta guerra conlleva a andar montado en una máquina infernal a 200 kilómetros por hora junto a otros 50 mortales que gimen con cada hueco cogido a alta velocidad, y con cada frenón repentino que ejecuta la bestia conductora! Menos mal hay una calcomanía de la Virgen del Carmen en el vidrio posterior al conductor que dice: “Yo protejo este automotor”. Seguro que sí, pero a los pobres bultos de carne que hay adentro, no! La Guerra del Centavo también tiene la modalidad cámara lenta y es cuando el bus de uno va atrás de otro que tiene la misma ruta, pero no está lo suficientemente cerca para alcanzarlo, lo que conlleva a ir a 5Km/h para coger distancia y que el de adelante no le robe los pasajeros (esto por lo general pasa cuando uno tiene una cita importantísima en la que llegar temprano es imperativo).

Cuando tenga mi nuevo transporte voy a necesitar clases de yoga urgente,  ya no tendré la práctica diaria de equilibrio que hago durante las 30 cuadras que me toca ir colgada de la puerta de adelante cogida sólo por la mano derecha, porque la izquierda se aferra con pasión a la cartera. No se sabe si es mejor que dejen la puerta abierta y correr el riesgo de salir despedida como en una película de foragido del oeste que se bota del tren, o que cierren la puerta y correr el riesgo, aún mayor, de que la cara de uno quede a unos peligrosos centímetros del trasero del pasajero que está en el siguiente escalón.

El laboratorio de física diario va a terminar; para una persona asquienta es muy importante determinar la inercia que va a resultar de una acelerada, de una curva o de un frenón, para minimizar la cantidad de veces en las que uno se tiene que coger del tubo o de los espaldares de las sillas; toca anclar los pies, creerse una parte fija del automotor y hacer un juego de rodillas en las que flexionadas o estiradas contrarrestan el efecto “muñeco de trapo”.

Y ni hablar de las clases de estadística, hay que hacer un estudio concienzudo del tiempo que tarda el conductor en pararle a la persona que timbra. Por lo general se necesita una muestra de no menos de 6 personas para establecer el nivel de afán del conductor, aunque a veces hay factores externos como por ejemplo un semáforo, que determinan si el conductor se detiene inmediatamente o no. (Si el semáforo a la vista está en verde, no importa si el que timbra es el papa, el señor va a acelerar para lograr pasar el semáforo). Una vez definido el tiempo de respuesta del conductor uno puede confirmar el tiempo de anterioridad con el que se tiene que timbrar para que el señor lo deje donde uno necesita. (Sí amigos extranjeros, en Bogotá la gente no se sube o se baja del bus en los paraderos, sino donde se le da la gana.)

Los estudios antropológicos se verán truncados, dejaré de mirarle la cara a Fulano para ver si hay vestigios de maldad o perversión en sus ojos, para sentarme con confianza a su lado sin esperar invasión a mi espacio personal, roces o agarradas. Sin ese estudio se puede pasar un muy mal rato, menos mal tengo un macaco furioso que grita cada vez que fallo en la toma de esa decisión.

En la que siempre me rajé fue en economía, y es que soy la mejor amiga de los que tienen empleos informales. Tengo una grandísima colección de esferos, lápices, portaminas, velas en palito, kits de coser, kits de cepillo y crema de dientes, libros y audiolibros con recetas que nunca he preparado en la vida, ganchos nodriza, bolsas de basura, incienzo y bombas rellenas de harina más conocidas como “El Milcaras”; todas esas monedas de 500 que la gente “normal” echa en la alcancía yo siempre terminé dándoselas a los músicos, a ellos era a los únicos a quienes les daba plata, tuvieran talento o no, fueran trío, conjunto llanero, rapero, cuentero musicalizado, o dúo hippie descontextualizado temporalmente, a lo Ana y Jaime.

Así que después de esta variedad de materias decidí que ya hice un doctorado en el “Sistema” y me gradué con honores, ahora es momento de evolucionar; evolucionar con la ciudad, con el planeta y con mi individualidad, ya no quiero un transporte masivo, quiero uno privado en donde ni siquiera tenga que montar a un pato que me recrimine porque manejo como un taxista y frene imaginariamente cuando yo desprevenida olvido frenar. No quiero tener que dejar mi transporte dos días en el garaje porque el caos de Bogotá no me deja usarlo todos los días, no quiero pagar impuestos ni seguros. Quiero una bicicleta. Y aunque últimamente no he sido la misma morsa de siempre, y probé el paseo redondo casa-oficina-casa en bicicleta standard de cambios, concluí que no quiero llegar a la oficina brillante, tibia y con un mapa de sudor en la espalda.

Quiero una bicicleta eléctrica, que me lleve y me traiga, echar mi cartera en la canastica de adelante, pitarle a los peatones que creen que la ciclorruta es la pasarela de Cibeles y hacer de cuenta que es un videojuego, porque en verdad por más pito que uno eche la gente no se quita! Llegaré a la oficina con un peinado muy particular por el nuevo casco, empezaré a practicar nuevas materias, las materias de la Escuela de Ciclooficinistas Bogotanos, que supongo incluirá Primeros auxilios para accidentes y caídas, Física de un biciclo en la urbe latinoamericana,  Cómo ponerse el poncho en 5 segundos, y Fisiculturismo femenino porque esas bicis no son nada livianas! Y al final seré motorizada, libre y feliz!

Publicado en Aventura ridícula, Bogotá, Daydreaming, Escatológico, Quejadera | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , | 6 comentarios

Adulta contemporánea en limbo social, busca…

*

No me pregunten por qué pero a lo largo de los 13 años que dura el colegio, siempre, en el día de la madre cantábamos sagradamente el bolero colombiano “El camino de la vida”. Las mamás siempre sonreían y nos acompañaban en susurros; con ojo cerrado las más complacidas, con ojo aguado las más orgullosas y con ojo chiquito y no tan susurrado esas que siempre creyeron que tenían buena voz (como la mía**).

Esta canción se me cruza por la mente de vez en cuando porque la oigo por ahí, o porque alguien la canta, o simplemente porque veo que el “camino de la vida” según los estándares de esta canción, sigue para muchos. Y para muchos otros no tanto, como por ejemplo, para mí.

Llevo aproximadamente 13 años -Lo mismo que dura uno en el colegio- entre el primer coro y  la cuarta estrofa. Sí, me quedé estancada en un limbo llamado tercera estrofa:

“Y brotan como un manantial, las mieles del primer amor, el alma ya quiere volar, y vuela tras una ilusión, y aprendemos que el dolor y la alegría, son la esencia permanente de la vida.”

Mis grandes amigos de la vida han evolucionado a la estrofa número cuatro:

“Y luego cuando somos dos, luchando por un ideal, formamos un nido de amor, refugió que se llama hogar. Y empezamos otra etapa del camino, un hombre una mujer, unidos por la fé y la esperanza.”

Al reunirme con los amigos tipo cuarta estrofa me veo envuelta en conversaciones que  implican achaques y reclamos que van desde la subida del bizcocho, la espichada de la crema de dientes, y los pelos que tapan el sifón, hasta problemas domésticos como el olor nauseabundo, aferrado y endémico de la nevera; la pared descascarada por la humedad, y las diferentes soluciones a este tipo de problema que por lo general abarcan vinagre, limón y bicarbonato de soda. El tema de los precios de la libra de papa o del supermercado donde venden las mejores alcaparras y al mejor precio ocupa una gran parte del encuentro.

Como todavía soy una princesa que vive en la casa materna, no tengo problemas de tal naturaleza. No comparto el baño ni la crema de dientes, y si se tapa el sifón pues lo destapo sin que nadie me reclame. Y las calamidades domésticas me son completamente ajenas, porque el 95% del tiempo que estoy en mi casa estoy durmiendo, y el otro 5% me estoy arreglando para irme. Así que cuando mis amigos preguntan qué solución darle a tal o cuál problema, me toca mirar al techo e imaginar un menjurge que incluya vinagre, limón y bicarbonato, y si no aplica simplemente espero a que alguien diga algo y yo lo refuerzo con: Sí, eso es buenísimo. Cuando hablan de precios de verduras y legumbres yo recurro a mi memoria fotográfica y visualizo la tabla de productos, precios y flechas de “bajó” y “subió” que me narró “Tal Cuál” en el último Boletín del Consumidor que vi. Pero esta última vez fue hace 12 años, así que mi cara de asombro por el precio actual de la libra de papa delata que no tengo ni idea del tema. ¡Creo que no pertenezco a la cuarta estrofa!

Hay otro grupo de grandes amigos que ya trascendieron a la quinta estrofa:

“Los frutos de la unión que Dios bendijo, alegran el hogar con su presencia, a quién se quiere mas sino a los hijos, son la prolongación de la existencia.”

En estas reuniones los temas de conversación van desde la ecografía, el curso sicoprofiláctico, los pezones oscurecidos, la barriga peluda con ombligo desenchipado y la mejor crema para las estrias; hasta el agua de manzana para los cólicos del bebé, la mejor crema antipañalitis, cómo alzarlo para que le salgan los gases más rápido y métodos para “encargar” bebé y determinar el sexo del pequeño dependiendo del ciclo lunar y la posición en la que se fabrique al futuro ser humano.

Aquí sí que no funciono, mi cabeza hace corto circuito encontrando las palabras correctas para incluir mi ser en la conversación. Pero definitivamente no las hay. Así que sólo me queda devolverme a la primera estrofa de la canción y muñequear con el “sobrino” hasta que me lo quiten de los brazos. Me aislo como si fuera una niña con su bebé de juguete y no oigo lo que están diciendo los adultos. Mis problemas son escuchados con rapidez y sin ahondar mucho en ellos, y es que los problemas que enfrentan los del tipo quinta estrofa tienen una dimensión desconocida que todos los “sin hijos” no logramos concebir. Lo bueno es que los tercera estrofa tenemos aventuras que la gente de la quinta estrofa hace rato no vive, ahí sí soy el centro de atención y todos me oyen extasiados hasta que llego al punto erótico y la conversación vuelve a desviarse a la mejor posición para que el menganito salga niña. ¡Estoy segura de que no pertenezco a la quinta estrofa!

Mi otro grupo de amigos, ese que está en el extenso y ambiguo mundo de la tercera estrofa, la mayoría hace tanto tiempo como yo, redescubrió una nueva adolescencia, esa en la que cada día hay una aventura, cada día es una fiesta, cada día hay un amor. Desde hace 9 meses este nicho se convirtió en el mío y por fin me sentí pertencer! Pero como todo adolescente: me cansé! ¡Tampoco pertenezco a este!

Concluí que definitivamente una estrofa entre la tercera y la cuarta es necesaria, al menos para mí. Estoy en un limbo social en el que no me quiero dar en la cabeza a diario, y tampoco tengo calamidades domésticas o de índole prenatal o neonatal por resolver.

Quiero poder disfrutar como adulta de esta tercera estrofa: cocinar, ir a cine, hacer una fiesta casera, pasear por la sabana sin tener guayabo, hacer deporte, ir al bar de moda de vez en cuando sin darle palo. ¿Hay alguien en el mismo plan? Si sí, por favor contactarme urgente. De todas formas sigo siendo parte de la tercera estrofa y me toca asumirlo y acogerlo, así que seguirán brotando en mí las miles del amor y mi alma seguirá con ansias de volar, hacia una ilusión o hacia lo que sea y bienvenidos sean las alegrías y dolores permanentes de la vida. __________________________________________________________________

* El video no tiene nada que ver. Pero valía la pena ponerlo!

**Ma: Sí cantas bien!

Publicado en Aventura ridícula, Daydreaming, De amor..., Familia, Infancia, Quejadera | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , | 4 comentarios

Exceso de equipaje

Siempre me he preguntado por qué todos los pasajeros de un avión tienen las mismas restricciones de peso. Yo, que peso 50Kg y mi maleta, que por lo general siempre sobrepasa el límite en algunos kilos, no deberíamos ser medidos con la misma vara que una persona que pesa 90Kg y su maleta. Yo propongo que pesen al pasajero con maleta incluída y establezcan los límites de peso conjunto. Es que no es justo que yo pesando 40Kg menos, tenga derecho a una maleta igual de pesada a la del gordo.

No me gusta discriminar, pero es que siempre tengo exceso de equipaje y yo debería poder usar el peso que me falta para ser gorda y traspasarlo a mi maleta. ¡Y en esto soy yo la que se siente discriminada!

Y sé que es culpa mía por sobreempacar, porque nunca he sabido cómo hacer una maleta: siempre vuelvo con el contenido intacto y con tres chiros sucios que repetí todo el viaje; y por más que me propongo para la siguiente alistada hacerlo de forma más realista, mi imaginación siempre termina clavándome el puñal y resulto empacando un mundo de innecesidades que terminan en exceso.

Por ejemplo, vestido largo por si me invitan a una fiesta elegante, vestido de coctel, vestidos informales, playeros y de festividad de pueblo, 25 vestidos de baño dependiendo del bronceado que quiera tener, y eso va de la mano con el escote que tenga el vestido largo o de coctel que vaya a usar en mi fiesta imaginaria. Ropa deportiva con tenis mamotretudos incluídos por si se me da por ir a hacer el deporte extremo que esté de moda, miles de pareos no sólo para mí sino para los viajeros que me acompañan porque no me gusta compartir el mío, sólo yo sé cómo no llenar de arena mi pareo, la gente no tiene conciencia ni de la arena, ni de mi aversión por ella.

En la gran maleta van un par de sacos por si hacen noches frías, y las pashminas que nunca abandono ni para un viaje a Honda o Barrancabermeja. Sandalias de todos los colores, un estuche de tela con cien calzones para todos los niveles de “apretadez” del pantalón, short,  falda o vestido que use; otros cien calzones para dormir, o sea atrapapedos, cacheteros o boxers; en otro estuche los brassieres: el strappless, al que se le pueden cruzar las tirantas, el deportivo para mi travesía imaginaria, el romántico, el relajado, y los que quedan bien con mis vestidos elegantes. Collares y accesorios para toda ocasión, esto no es negociable, los accesorios no los dejo. Carteras para caminar, para la playa, para la noche, para el deporte extremo, cintas, balacas, cauchos, flores, pinzas y demás aditamentos para mi siempre cambiante cabellera. Cinturones, pines, y hebillas decorativas. Y lo que más pesa…

…El shampoo, el jabón líquido, la crema para la cara, la crema para el cuerpo, el bloqueador, el “producto que me aplico” para el frizz, la crema para desmaquillarme y aunque no me maquillo nunca, obviamente estoy pensando en la desmaquillada que me voy a meter la mañana siguiente de la tan esperada y nunca llegada fiesta elegante utópica.

Menos mal no soy casada, siempre veo en la fila del check-in a los esposos con sus caras largas y con constantes reproches porque van a tener que cargar las enormes maletas de sus mujeres, por lo general estos son los gordos que me roban el peso que yo justamente merezco. Menos mal yo solita cargo mi maleta y prefiero cargarla a ella y no a un esposo malencarado y para acabar de joder gordo!

Mi maleta emocional es infinitamente más pesada que la pequeña muestra que les hice del contenido tradicional de mi maleta de viaje. En esta maleta cargo inseguridades, tragas malucas, problemas económicos, preocupaciones laborales, realities familiares, traumas infantiles, videos en loop de situaciones inverosímiles que sólo yo en mi imaginario ridículo puedo construir; sueños, amores, pesares, alegrías, insatisfacciones, temores y vacíos.

Esta maleta emocional también la cargo yo, pero a veces la descargo un poco en la gente más cercana que por lo general tiene mejor cara que los esposos gordos cargamaletas. Esta maleta la cargo de viaje y en el día a día, y en ella busco la emoción que me voy a poner cada mañana, tarde o noche, de paseo, de piscina, de playa, de fiesta real o imaginaria, de experiencia deportiva, en sueños y en despertares y de esta maleta sí uso todo su contenido, no hay chiro que quede intacto, los he usado todos y algunos están un poco desgastados ya, cada día se llena con algo nuevo, cada día pesa más; pero al final es mi maleta y solamente la cargo Yo!

_______________________________________________________________

* ¡Si esos gordos de verdad les cargaran las maletas a sus esposas no serían tan gordos, y yo no me sentiría tan discriminada!

Publicado en Aventura ridícula, Daydreaming, Quejadera, Vacaciones | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario